SÍ, LO HE DEJADO, pero sigo haciendo trabajos para la Universidad:
¿POR QUÉ LA UNIÓN EUROPEA NO ES UNA HYPERPUISSANCE?“Nosotros derrotamos por completo a nuestros enemigos y les obligamos a rendirse. Y entonces les ayudamos a recuperarse, a convertirse en democráticos y a volver a la comunidad de naciones. Una cosa así sólo podía haberla hecho Estados Unidos.” - Harry S. Truman
“Cualquier ley que pueda existir para regular las relaciones internacionales existe porque hay una potencia como Estados Unidos que la defiende por la fuerza de las armas.” – William R. Polk
“Los que tienen más poder tienden a usarlo y a creer en la legitimidad de ese poder. Los países débiles siempre han querido tener mecanismos para limitar el poder de los que lo poseen.” – Robert Kagan
Si nos ceñimos a la terminología de las relaciones internacionales, el poder de un actor de la sociedad internacional, ya sea el de un estado o el de una entidad supranacional como la Unión Europea, viene determinado por dos subestructuras fundamentales: la subestructura económica y la político – militar.
En una sociedad internacional globalizada como la actual, la subestructura económica es el patrón que determina en mayor medida el poder de un actor ya que el poder económico es el único capaz de generar, por sí mismo, capital político y militar. El desarrollo acelerado que está transformando China en un coloso político y militar a nivel global es un buen ejemplo, ya que está cimentado en la bonanza económica del gigante asiático, que lleva veinticinco años creciendo a un ritmo constante del 8% de su producto interior bruto.
El poder económico es, por tanto, el factor principal que va a determinar el grado de poder de un actor internacional. Sin embargo, no es el único, y podemos encontrar ejemplos de países económicamente prósperos pero que no disponen de un poder global adecuado al que su estatus económico les permitiría proyectar. Es el caso de Canadá o Corea del Sur; países cuyo peso o relevancia internacional es significativamente inferior al que su poder económico les permitiría desplegar.
En las ocasiones en las que el poder económico no es directamente proporcional al poder político se produce un desequilibrio que podríamos definir como déficit político de un actor internacional. Por supuesto, de igual manera que existen actores que adolecen de déficit político, existen otros actores que disfrutan de superávit político, es decir, disponen de mayor poder e influencia internacional que el que su capital económico les permitiría tener. Es el caso de Rusia que, con un producto interior bruto sensiblemente inferior al de Italia, es un actor mucho más poderoso en la escena internacional que varios de los países que le superan en riqueza.
Se podría establecer, por tanto, que existen actores con un poder político sobrevalorado respecto del poder económico, como es el caso de Rusia, y que existen actores con un poder político infravalorado respecto de su poder económico, como es el caso de Canadá o Corea del Sur. En una sociedad internacional sustentada en la competencia entre los diferentes actores por unos recursos limitados, y en la que la política exterior marca las reglas de juego, resulta evidente que el déficit político, a priori, no es deseable para ningún actor. Sin embargo, pese a que hemos establecido que este déficit no es deseable, existen actores internacionales que lo tienen, como los ejemplos precedentes.
De esta premisa – “el déficit político no es deseable, sin embargo hay países que lo tienen” - se puede inferir una teoría causal que explique esta situación.
En primer lugar, es casi paradigmático el afirmar que para disponer de poder político hay que tener voluntad de obtenerlo. El poder económico de un actor garantiza, por sí sólo, la posibilidad de disponer de un poder político determinado siempre y cuando el actor tenga intención de desarrollarlo, impulsarlo y potenciarlo. En la sociedad internacional actual existen actores internacionales que no tienen voluntad de potenciar su poder político. El ejemplo por excelencia de un país que adolece voluntariamente de déficit político es Suiza.
Si nos referimos a los ejemplos expuestos anteriormente, tanto Canadá como Corea del Sur son países tradicionalmente pacíficos. Canadá no ha librado una guerra en toda su historia moderna salvo cuando sus acciones han estado enmarcadas en una coalición internacional. Además, su posición geoestratégica es muy cómoda, ya que apenas tiene vecinos con los que competir por los recursos. Corea del Sur, por su parte, es un país que, a diferencia de Canadá, sí que ha sufrido conflictos. En concreto, dos invasiones durante el siglo XX y, en la actualidad, una amenaza incipiente por parte de su vecino del norte que ya se ha materializado en acciones hostiles. Sin embargo los motivos de Corea del Sur para no priorizar su política exterior son dos: la mentalidad exportadora surcoreana, que otorga prioridad al comercio en detrimento del plano político, bajo la bandera del neoliberalismo, y su pertenencia a una coalición internacional, quedando protegida de su vecino del norte bajo el paraguas de Estados Unidos y Japón; además de la creencia de que potenciar su poder político es inútil dada la competencia del resto de actores en su zona de influencia, dónde se encuentran concentradas potencias como Rusia, China, Taiwán, Japón y Corea del Norte, así como la siempre persuasiva presencia de tropas norteamericanas en suelo surcoreano y en territorios adyacentes.
Es, por tanto, comprensible, que estos países adolezcan de déficit político porque los intereses estratégicos de ambas naciones no necesitan de ambiciosas políticas exteriores ni de influencias diplomáticas ya que, por unos motivos u otros, sus necesidades están cubiertas.
Como ha quedado de manifiesto, las razones de Corea del Sur son radicalmente opuestas a las de Canadá, pero el fenómeno es el mismo y se produce en varios actores, sin que existan necesariamente vínculos sociales, políticos o culturales entre ellos, y a escala universal: la subordinación del poder político frente a otros poderes.
Sin embargo, estos países que renuncian voluntariamente a potenciar su poder político son una minoría ya que, en general, todos los actores internacionales están sujetos a conflictos con sus vecinos, y una política exterior fuerte es un arma muy persuasiva para lidiar en los mismos.
En segundo lugar, existe otra causa determinante del déficit político, y es la imposibilidad de un actor internacional de proyectar su poder político pese a contar con una base económica solvente. Este fenómeno puede tener distintos motivos pero en ningún caso es voluntario. Puede ser fruto de una mala gestión política, de presiones internacionales o de otras causas inherentes al actor, pero se sobreentiende que existe voluntad por parte del actor para potenciar su poder político. Si buscamos un referente internacional que ilustre este caso, ese actor es la Unión Europea.
Si nos retrotraemos a 1945, la caída del régimen nazi significó para Europa no sólo la derrota de una tiranía, sino también la pérdida de la hegemonía mundial y el paso de la tradicional concepción europea del mundo a un segundo plano. El epicentro del mundo ya no eran Londres, París o Berlín, sino Moscú y Washington D.C.. A lo largo de la Guerra Fría Europa estuvo eclipsada por las dos potencias de un mundo bipolar, perdió su influencia a nivel global con el proceso de independencia de sus colonias y su papel en el mundo quedó relegado a ejercer una contención de la doctrina ideológica imperante al otro lado del muro.
Tras la caída del muro de Berlín en 1989, la desintegración de la Unión Soviética en 1991 y de la materialización efectiva del proceso de integración europea con la creación de la Unión Europea se abrieron nuevas perspectivas de futuro para el malogrado continente europeo. El profesor Samuel P. Huntington, de la Universidad de Harvard, autor del célebre ensayo “El choque de civilizaciones”, predijo que la cristalización de la Unión Europea sería “el acontecimiento más importante” de una reacción mundial contra Estados Unidos, capaz de engendrar un siglo XXI “verdaderamente multipolar”. Europa comenzaba, de este modo, un largo proceso hacia la integración que irremisiblemente desembocaría en la convergencia con Estados Unidos, primero; y con su rebasamiento, después, para volver a convertir Europa, esta vez unida, en la potencia hegemónica mundial.
Trece años después de Maastrich, que sentó las bases de la integración europea más allá del plano económico, resulta evidente que la Unión Europea ha avanzado mucho, y que el proceso de integración ha resultado un éxito sin precedentes históricos. Sin embargo, en la sociedad internacional actual existe un enorme desfase entre el rol político que desempeña la Unión Europea y el que debería desempeñar conforme a su estatus económico.
Este desequilibrio no es más que otro ejemplo de déficit político.
El déficit político europeo tiene su materialización práctica en los desencuentros políticos puntuales que se suceden entre la UE y Estados Unidos, y que siempre se resuelven conforme a los intereses de este último, como las diferentes perspectivas de abordar el conflicto de Oriente Próximo, la situación de Irak en los 90, las divergencias sobre el escudo antimisiles o las intervenciones en Bosnia o en Kosovo. Las posturas entre ambos actores se han agravado tras la nueva concepción norteamericana del mundo después del 11 de Septiembre, sus ideales de “expandir la democracia” y de la lucha global contra el terrorismo; así como su puesta en práctica en la Guerra de Irak. Estos ideales chocan frontalmente con la concepción europea de sociedad internacional. Sin embargo, la precaria situación del poder político europeo imposibilita a la Unión la posibilidad de cuestionar la postura norteamericana o de presentar al mundo una alternativa creíble.
En 1996, durante la era Clinton, el ministro de Exteriores francés Hubert Vedrié, acuñó el término “hyperpuissance” (hiperpotencia) para definir a Estados Unidos, un coloso al que el apelativo de superpotencia se le quedaba pequeño.
En la actualidad, los europeos nos preguntamos por qué la Unión Europea no puede ser también una hyperpuissance como Estados Unidos para configurar un mundo multipolar, tal y como aseguraba el profesor Huntington quince años antes.
Económicamente, la Unión Europea es el primer actor a escala internacional en términos de producto interior bruto (en adelante PIB), por encima incluso que Estados Unidos. Sin embargo el PIB de la Unión resulta de sumar los PIB de los veinticinco estados miembros y, por tanto, la comparación con Estados Unidos no es del todo equitativa, ya que Estados Unidos es un solo país; pero si estamos sometiendo a análisis a actores internacionales y consideramos a la Unión como una entidad europea supranacional, el hecho es que, en términos económicos absolutos, es más poderosa que Estados Unidos. La superioridad económica europea dejaría de ser tal si en lugar de computar el PIB total se computara el PIB per cápita. Sin embargo, la renta per cápita jamás ha sido un instrumento para articular o definir el poder de un actor internacional, porque no sería representativo. Si nos ciñéramos únicamente a los resultados de computar dicha medida, Luxemburgo sería la primera potencia mundial y China, India o Brasil serían países mediocres.
Profundizando en los modelos económicos de los dos actores, se puede constatar que la potencia económica de la Unión Europea, aún siendo notable, no es comparable a la de Estados Unidos, no tanto en las cifras absolutas, sino en dos conceptos claves: el retraso tecnológico europeo, que se manifiesta en todos los niveles de producción tanto civil tanto militar, y que supone una ventaja comparativa de importancia decisiva para los productos norteamericanos; y en los problemas coyunturales, ya que la economía europea sufre de recesiones mas largas y profundas y sus periodos de reactivación son mas cortos y débiles. Y aunque esto no altera la potencia económica ni el bienestar social global europeo, si limita la comparación entre ambas economías. Por otra parte la economía europea es mucho más dependiente del sector exterior que la norteamericana, tanto en el peso de las exportaciones, como en la necesidad de garantizarse importaciones estratégicas para el funcionamiento económico, por ejemplo el petróleo. Según afirma el director gerente del Fondo Monetario Internacional, Rodrigo Rato, el principal problema que afronta la economía europea es el excesivo coste de su Estado de Bienestar, así como el progresivo envejecimiento de su población; mientras que el déficit público es el mayor obstáculo al que debe hacer frente la economía norteamericana.
Sin embargo, estas desventajas comparativas de la economía europea con respecto a la norteamericana, sin dejar de ser importantes no son óbice para que, si nos ceñimos a criterios estrictamente delimitados de las relaciones internacionales; se pueda considerar el poder económico europeo como propio de un actor internacional aspirante a hyperpuissance.
Una vez matizado este aspecto, es necesario puntualizar que, pese a que en términos puramente económicos la economía norteamericana es sensiblemente más potente que la de la Unión, que adolece de desventajas comparativas en aspectos coyunturales o tecnológicos, si nos regimos por criterios de las Relaciones Internaciones que, evidentemente, no son los mismos que los económicos, deberemos concluir que, de cara a nuestro objetivo, que es la obtención de poder internacional, esas diferencias quedan suavizadas y subordinadas a los datos en bruto. Y estos datos indican que la economía de la Unión Europea, a día de hoy, comparte con la norteamericana el preciado galardón de “Primera Economía Mundial en términos absolutos”.
Por tanto, el primer y principal requisito para que la Unión Europea sea una hyperpuissance, que es el poder económico, no debería ser un escollo para la consecución de este fin, más al contrario, refuerza la posición de la Unión respecto de Estados Unidos.
Una vez establecido que la Unión Europea tiene potencial económico de hyperpuissance, hay que analizar otros posibles factores desencadenantes del déficit político europeo. Por tanto a continuación deberíamos preguntarnos si en la Unión existe voluntad de potenciar su poder político o, por el contrario, es un actor que subordina este poder frente a otros, como Canadá o Corea del Sur.
Este es un apartado complejo. Europa ha convivido tantos años a la sombra de los norteamericanos y ha sido tan dependiente de ellos que en la actualidad se encuentra tan apesadumbrada ante su poderío global que aún no termina de creerse sus propias opciones de conformar un poder global creíble y estable.
Además, a la hora de analizar la conciencia internacional europea subyace el importante papel ideológico que subsiste en Europa contra la idea de ser una "superpotencia", que es una mezcla del recuerdo de un pasado imperialista y militarista, de la comodidad que da el bienestar social, y también de la tradición "antioccidental" de parte de la izquierda y derecha europea.
Si bien en la sociedad internacional de la posguerra fría Europa ha pecado de conformismo e inseguridad, en los últimos años el conflicto de Irak, que ha reforzado el distanciamiento entre las posturas políticas europeas y norteamericanas, y la puesta en marcha de la nueva Constitución han hecho ver a los europeos la necesidad de impulsar otra opción internacional que ejerza de contrapeso al poderío global de Estados Unidos.
Mientras la relación entre Europa y Estados Unidos ha sido cómoda para los europeos y sus intereses han sido convergentes, la voluntad europea de impulsar una política exterior poderosa a nivel internacional ha sido mínima. Ha tenido que ser tras los recientes desencuentros sobre la política internacional post 11-S de la Administración Bush y el distanciamiento de posturas cuando en Europa se ha impulsado por vez primera en cincuenta años la voluntad de constituirse en una potencia también en el terreno político, como apuntaban estas palabras de Romano Prodi, ex presidente de la Comisión Europea, durante las divergencias con Estados Unidos sobre la guerra de Irak: “Los líderes europeos hablamos del papel esencial reservado a Europa en el mundo. Anhelamos que se oiga nuestra voz, que nuestras acciones cuenten.”
Por tanto, atendiendo a la pregunta que hemos formulado anteriormente, se podría afirmar que Europa sí que tiene voluntad de constituirse en potencia política, aunque esa voluntad sea tímida, reciente y recelosa del poder norteamericano.
En este punto se nos plantea la incógnita definitiva. Si la Unión Europea es una hyperpuissance en el plano económico y tiene voluntad de serlo también en el plano político ¿por qué no es una hiperpotencia también a nivel político, como Estados Unidos?
La Unión Europea es una potencia económica y tiene voluntad de ser una potencia política que ejerza de contrapeso a la hegemonía global norteamericana. Sin embargo, su hegemonía política no es real ni efectiva porque no dispone de la herramienta necesaria para potenciarla. Y esa herramienta es el poder militar.
Según el prestigioso analista internacional y profesor en Oxford Niall Ferguson, “el poder militar es el poder más fundamental. Proporciona a una hiperpotencia los medios para ejercer la coerción y si es necesario derrocar a cualquier gobierno lo bastante insensato que se atreva a desafiarla. Estados Unidos es hoy una hiperpotencia. No hay más que ver sus astronómicos presupuestos de defensa.”
“La dependencia europea del poder militar de Estados Unidos” – señala Robert Kagan - “otorgaba a este país una influencia decisiva, no sólo sobre el modo de librar la guerra, sino también en las actuaciones de la diplomacia internacional. Ni toda la pujanza económica de Europa ni su éxito en la consecución de la unión política habrían impedido que la debilidad militar se tradujera en debilidad política, hasta el punto de disminuir dramáticamente la influencia del viejo continente con relación a la de Estados Unidos…aún en una crisis en Europa.”
En este mismo camino se pronuncia Paul Wolfowitz, ex secretario adjunto de defensa de Estados Unidos y nuevo presidente del Banco Mundial: “una de las características de este momento de la historia es que nadie se considera capaz de producir un ejército, una armada o una fuerza aérea capaz de enfrentarse a Estados Unidos.”
Teorizando sobre lo que han apuntado los analistas, se podría establecer que en la sociedad internacional actual es imprescindible contar con un poder militar que permita a un actor con ambiciones de poder proyectar su poder político a nivel global, aumentando de este modo su influencia y efectividad.
Entonces… ¿por qué Estados Unidos es una hyperpuissance? Su poder radica en un capital económico y político colosal. Su poder económico está sustentado en los principios capitalistas, en una tecnología puntera y en las ventajas de una economía abierta y de mercado. Su poder político está sustentado tanto en ese poder económico como en la abismal superioridad militar respecto del resto de actores de la sociedad internacional.
Con anterioridad, se ha hecho mención a Rusia para explicar que tiene superávit político. Pues bien, ese superávit es debido a su potente poder militar y tecnológico, que compensan su carencia de sustento económico y le permite proyectar un poder a nivel internacional superior al que le correspondería en base a criterios estrictamente económicos.
En contraposición, la Unión Europea es el primer actor económico internacional en términos de PIB pero no es capaz de transformar su capital económico en poder político porque no dispone de poder militar. La ausencia de poder militar impide que la Unión proyecte su poder político al nivel que le corresponde en función de su poder económico; y es que el sector defensivo europeo ha entrado en el siglo XXI lastrado por graves deficiencias militares. La Unión Europea, la primera potencia comercial del mundo, con 380 millones de habitantes (unos 100 millones más que Estados Unidos y que con la ampliación supera los 450 millones de personas), con un producto interior bruto de más de 11 billones de dólares (frente a 10,8 billones de Estados Unidos), a la hora de tener que llevar a cabo una operación militar, tiene que ceder todo el protagonismo a Estados Unidos.
Presupuesto de Defensa 2002 (millones de dólares)
Alemania 24.900
Austria 1.700
Bélgica 2.700
Dinamarca 2.400
España 8.400
Finlandia 1.700
Francia 29.500
Grecia 3.500
Irlanda 724
Italia 19.400
Luxemburgo 180
Países Bajos 6.600
Portugal 1.300
Reino Unido 38.400
Suecia 4.500
Total Unión Europea 145.904
EEUU 328.900
PRESUPUESTOS MILITARES DEL MUNDO 2004
1. Estados Unidos 466.000 millones de dólares (3,3% PIB)
2. China 66.000 millones de dólares (3,5 – 5% PIB)
3. Rusia 50.000 millones de dólares (--)
4. Francia 45.447 millones de dólares (2,6% PIB)
5. Japón 43.264 millones de dólares (1% PIB)
6. Reino Unido 43.077 millones de dólares (2,4% PIB)
7. Alemania 36.010 millones de dólares (1,5% PIB)
8. Italia 27.852 millones de dólares (1,9% PIB)
16. España 10.033 millones de dólares (0,91% PIB)
20. Holanda 8.155 millones de dólares (1,6% PIB)
21. Grecia 7.441 millones de dólares (4,3% PIB)
24. Suecia 4.395 millones de dólares (2,1% PIB)
28. Polonia 3.271 millones de dólares (1,7% PIB)
31. Bélgica 3.129 millones de dólares (1,3% PIB)
35. Dinamarca 3.098 millones de dólares (1,6% PIB)
39. Finlandia 2.556 millones de dólares (2% PIB)
44. Austria 2.012 millones de dólares (1,1% PIB)
48. Portugal 2.000 millones de dólares (2,3% PIB)
50. República Checa 1.201 millones de dólares (2,1% PIB)
51. Hungría 1.136 millones de dólares (1,8% PIB)
63. Irlanda 922 millones de dólares (1,1% PIB)
70. Chipre 432 millones de dólares (3,8% PIB)
74. Eslovaquia 322 millones de dólares (1,9% PIB)
77. Eslovenia 322 millones de dólares (1,7% PIB)
86. Lituania 230 millones de dólares (1,9% PIB)
90. Estonia 130 millones de dólares (2% PIB)
94. Luxemburgo 129 millones de dólares (0,9% PIB)
104. Letonia 92 millones de dólares (1,2% PIB)
111. Malta 27 millones de dólares (0,7% PIB)
NOTA: En azul los países no UE. A partir del 8º puesto sólo se incluyen en la lista los países de la UE.
FUENTE: CIA World Factbook
Los dirigentes europeos son conscientes de que, sin un poder militar potenciado y unificado, jamás podrán hacer sombra a la hegemonía política norteamericana que impera a nivel internacional. Una muestra de ello es el artículo III - 212 de la recientemente elaborada Constitución Europea, cuya aprobación se encuentra actualmente en stand by, y que aboga por incrementar paulatinamente los presupuestos de defensa de todos los países miembros; y que ha sido tan criticado por los pacifistas de todo el continente.
La Unión Europea debe incrementar sus presupuestos militares, pero, como también establece la Constitución, la potenciación de esta capacidad militar debe ser en un trabajo conjunto, aunando los esfuerzos de todos los países europeos y construyendo una organización europea de defensa común al margen de la OTAN que coordine la defensa europea global y su adecuación con la política exterior europea, que también deberá, evidentemente, ser una política común. A estas alturas los europeos deberíamos cuestionarnos la necesidad de perpetuar una organización como la OTAN ahora que los preceptos para los que fue fundada, es decir, la defensa contra el bloque comunista y la Unión Soviética, son historia. La OTAN es una organización que, mediante la disuasión, ha resultado muy eficaz para contener o prevenir conflictos durante los últimos cincuenta años. Sin embargo hoy ya no es necesaria y entre los analistas existe la convicción de que mientras ésta siga existiendo, Europa va a seguir subordinada a Estados Unidos en el plano político – militar. Una alternativa viable sería resucitar la UEO (Unión Europea Occidental), organización defensiva de ámbito exclusivamente europeo que pasó a mejor vida durante las postrimerías de la Guerra Fría, que haría las veces de OTAN a nivel europeo.
Por otra parte, un aumento en los presupuestos de defensa requiere del consentimiento público. La producción económica sólo puede desviarse hacia las capacidades militares mientras los votantes estén dispuestos. Por ello hoy es, más que nunca, necesario que los ciudadanos europeos abracemos una iniciativa que, aunque a priori pueda parecer militarista e insolidaria, es necesaria para constituir la Europa fuerte y sólida que queremos construir, independiente de los dictados de Estados Unidos y con poder para conformar un mundo más justo y más libre.
La historia ha dado a Europa una segunda oportunidad y ahora es necesario que sus ciudadanos tomemos la iniciativa para que entre todos podamos convertir Europa en una potencia internacional de la importancia que histórica, política y culturalmente se merece.
A lo largo de este artículo se ha establecido la necesidad de que la Unión Europea potencie su capacidad militar global, así como sus organizaciones de defensa, como única alternativa para poder proyectar una política exterior fuerte que sirva de contrapeso al unilateralismo norteamericano. Sin embargo, la situación actual europea se aleja radicalmente de esta concepción.
A día de hoy, el problema de Europa ya no es únicamente que no disponga de un poder militar efectivo, sino que la Unión Europea ha delegado la defensa europea en Estados Unidos.
La defensa del territorio europeo ha sido una tarea norteamericana desde el mismo día en el que las potencias occidentales se dieron cuenta de que la Unión Soviética representaba una amenaza. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los países europeos se encontraban inmersos en su reconstrucción, por lo que, evidentemente, la defensa no constituía una de sus prioridades. Sin embargo, el comunismo de la URSS amenazaba con extenderse a lo largo y ancho del mapa europeo. Estados Unidos, consciente de la amenaza soviética, cargó con la defensa europea para no ceder zonas de influencia vital. Estados Unidos rubricó con Europa un acuerdo tácito mediante el cual aquel país se comprometía a hacerse cargo de la defensa europea, y de proporcionar asimismo ayuda económica a cambio de que Europa se mantuviera bajo la órbita de influencia capitalista. Los norteamericanos trasladaron, en consecuencia, tropas a Europa, construyeron bases militares y pusieron en práctica el “Plan Marshall”. La seguridad de Europa y del mundo había pasado a depender, de este modo, de Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, los países europeos, al no tener que disponer ingentes cantidades de recursos para su defensa, adoptaron en su mayoría el modelo socialdemócrata del “Estado de Bienestar”, basado en que el Estado garantizaba a los ciudadanos determinados servicios tales como sanidad, pensiones, subvenciones o ayudas al desempleo. En términos de defensa, la única misión estratégica encomendada a Europa durante la Guerra Fría ante una hipotética invasión de la Unión Soviética era la contención, es decir, consistía en defender su propio territorio hasta que los norteamericanos acudieran al rescate.
Para conformar una visión aproximada de la importancia estratégica y militar de Europa durante la Guerra Fría, y según el columnista y escritor estadounidense Robert Kagan, un diplomático estadounidense afirmó que “lo único a lo que pueden agarrarse [los franceses] es al hecho de que haya efectivos norteamericanos, cualquiera que sea su número, interponiéndose entre ellos y el Ejército Rojo.”
Tras el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991 la amenaza del comunismo se había desvanecido para las potencias occidentales. Sin comunismo de por medio, parecía que había llegado el momento de que Europa se encargara de su propia defensa.
Los norteamericanos se prepararon para un nuevo orden mundial unipolar, y adaptaron sus estrategias de defensa a las nuevas necesidades del momento. La doctrina de Estados Unidos consistía en disponer de una capacidad de proyección de fuerzas tal que su país fuera capaz de librar, y ganar, dos guerras simultáneas en cualquier parte del mundo. Sin embargo, los países europeos enfocaron la situación desde otra perspectiva y, como ya no tenían que hacer frente a una guerra contra los soviéticos, los presupuestos de defensa de los países europeos fueron reduciéndose progresivamente hasta alcanzar niveles alarmantemente bajos.
La situación actual no ha variado ni un ápice. Al proporcionarle seguridad desde fuera, Estados Unidos hizo superfluo que el gobierno supranacional de Europa se afanara por dotarse de ella. Los europeos no necesitaban tener poder para alcanzar la paz, como tampoco lo necesitaban para conservarla. Los norteamericanos llevan años instando reiteradamente a sus colegas del “viejo continente” a aumentar sus presupuestos de defensa, que alcanzan cifras nunca antes vistas, pero los europeos no están dispuestos a renunciar a las ventajas de su socialdemocracia para costear un “servicio” que ya está cubierto por las arcas del tío Sam.
Respecto a la defensa europea actual, el verdadero problema no es que la Unión Europea no pueda desplegar fuerzas en el exterior (lo cual ya de por sí es preocupante si tenemos en cuenta que este actor internacional aspira a convertirse en hyperpuissance) sino que Europa ni siquiera es capaz de resolver sus propios problemas; no dispone de poder militar ni para defenderse a sí misma.
Ante el conflicto acaecido en Bosnia, en 1992, los europeos, encabezados por Francia y Alemania, decidieron que era hora de que Europa tomara cartas en el asunto. Descartada la negociación, se iniciaron los preparativos para que una fuerza europea interviniera en el conflicto. La operación fue inmediatamente desestimada porque los europeos constataron que eran incapaces de realizar operaciones militares ni siquiera en Bosnia. Finalmente, fueron los norteamericanos quienes llevaron a cabo la operación militar mientras que los europeos se limitaron a enviar fuerzas de pacificación una vez que la situación ya había sido estabilizada. En el argot diplomático hay una frase que ilustra perfectamente este reparto de tareas a nivel internacional: “Estados Unidos prepara la cena y la Unión Europea friega los platos.”
Más cercana en el tiempo se encuentra la intervención en los Balcanes. Cuando, en 1999, la violación de los derechos humanos de la Serbia de Slobodan Milosevic sobrepasó los límites de lo tolerable, tuvieron que ser fuerzas de la OTAN (en la primera operación de sus 50 años de historia) quienes llevaron a cabo las operaciones militares, de los cuales, las tropas europeas eran, según el analista político francés Christoph Bertram “una magra fracción” de las estadounidenses. De hecho, según la opinión de los mejores analistas europeos, la guerra de Kosovo había “dejado bien a las claras la manifiesta impotencia de las fuerzas armadas europeas”. Ni siquiera en Reino Unido, considerada una potencia militar a tener en cuenta, pudo aportar más de un 4 por ciento de los aviones que participaron en la operación.
En el año 2006, la defensa del continente europeo sigue estando bajo competencia norteamericana. En Europa hay desplegados más de 100.000 efectivos norteamericanos, así como bases aéreas y navales. Los presupuestos de defensa europeos continúan inamovibles en la parte inferior de todos los gráficos y comparativas. Además, Europa es el único continente del mundo que ha reducido su presupuesto para compra de armas en los últimos diez años, mientras que Oriente Medio lo ha doblado en el mismo periodo de tiempo.
El problema está ahí, y no parece que desde Europa exista voluntad de solucionarlo. Hace seis años, en el Consejo Europeo de Helsinki de Diciembre de 1999, la Unión Europea diseñó un Objetivo Global para ayudar a superar las deficiencias en áreas fundamentales de la defensa y dar a Europa la capacidad de actuar por sí misma, así como reforzar el pilar europeo de la OTAN. El Objetivo consistía en desarrollar las capacidades necesarias para poder desplegar, en un plazo máximo de 60 días, una fuerza de 60.000 hombres, capaz de mantenerse en campaña durante un año. Dicha fuerza no intervendría en la defensa colectiva, sino en operaciones de gestión de crisis en que la Alianza en su conjunto no esté implicada. A la vez, debería disponer de las capacidades necesarias en términos de mando, control e inteligencia, de transporte estratégico y de unidades de apoyo para el combate, así como de los elementos aéreos y navales necesarios. En Diciembre de 2001, sólo dos años después, el Ministro de Asuntos Exteriores belga propuso que esta fuerza militar europea simplemente “se declare operativa sin necesidad de que esta declaración se corresponda con ninguna capacidad efectiva en concreto.” Y así es exactamente como ha ocurrido.
El panorama es verdaderamente desalentador. Pero hay algo aún más vergonzoso para Europa y sus ambiciones universalistas, y es que hoy por hoy son los contribuyentes norteamericanos quienes pagan la seguridad europea; no ya por acción norteamericana sino por omisión europea. Es decir, que las tropas que Estados Unidos mantiene en Europa, junto con las tropas de los propios países Europeos, ni han sido suficientes y efectivas durante la Guerra Fría, ni lo son en la actualidad. No sirven para cubrir las necesidades europeas de defensa, seguridad y mucho menos, de desplegar tropas al extranjero. Como afirma Robert Cooper, analista británico, “aunque dentro del mundo posmoderno (esto es, en la Europa de hoy) no existan amenazas contra la seguridad en el sentido tradicional, estas abundan sin embargo por todo el resto del mundo. Si el mundo posmoderno no se protege se expone a la destrucción.”
Pero no son los 100.000 efectivos norteamericanos en Europa lo que nosotros deberíamos agradecerles, sino la absoluta certeza de que, en caso de necesidad, los europeos estamos asegurados por todas las fuerzas armadas norteamericanas, se encuentren dónde se encuentren. Es decir, que la defensa de Estados Unidos es, por extensión, defensa europea con la salvedad de que sólo la pagan ellos. Europa, al no costear ni su propia defensa, puede permitirse determinadas ventajas, servicios y comodidades tales como la sanidad pública gratuita, de los que los norteamericanos no pueden disponer.
Sin embargo, en ciertos círculos de la izquierda y derecha extremista europea, con profundas convicciones anti norteamericanas, se arguye que “si Estados Unidos no tiene un Estado de Bienestar a la europea es porque no hay voluntad por parte de su Gobierno, no por falta de recursos”. Este argumento es falaz a la vez que incoherente con otras de las doctrinas que defienden, como la extrema gravedad del déficit gemelo estadounidense. En la actualidad un “Estado de Bienestar” en Estados Unidos es inviable dado que supondría aumentar su déficit exterior hasta niveles inasumibles para la economía mundial. Si ya hoy los inversores extranjeros se muestran reticentes a seguir financiando la deuda estadounidense mediante la compra de dólares, si el déficit aumentara un 500% (cantidad aproximada que se estima que costaría a los contribuyentes norteamericanos el adoptar un sistema social similar al imperante en Europa) la economía norteamericana (y, por extensión, la mundial) se colapsaría. Es decir, que la única posibilidad real de que los norteamericanos dispongan de las ventajas de nuestro generoso sistema de seguridad social sería una sustanciosa reducción de sus gastos de defensa que balanceara sus cuentas públicas. Luego sí que es cierto que los ciudadanos de Estados Unidos, al hacerse cargo de la defensa de Europa, están privándose de la posibilidad de vivir mejor.
Resulta evidente que, en las condiciones actuales, la Unión Europea no va a ser una hyperpuissance, ni va a ejercer de contrapeso a la hegemonía global norteamericana, al menos a medio plazo. Es necesario que la política europea esté avalada por un poder militar consistente que sea capaz de desplegar fuerzas en el extranjero si la ocasión lo requiriera. Y es aún más necesario acabar con la dependencia europea de Estados Unidos en materia de defensa, porque mientras sean sus contribuyentes quienes pagan nuestra seguridad, los europeos deberíamos preguntarnos qué legitimidad tenemos para cuestionar la política exterior norteamericana si nosotros, mediante la indiferencia militar, hemos renegado de tener una propia.
Si la Unión Europea quiere realmente ser una hyperpuissance en un mundo multipolar es necesario que potencie enormemente su inversión en defensa en aras de un doble objetivo: poder implementar la influencia del poder político europeo a escala global y reducir la dependencia de Estados Unidos.
Un reciente informe de la CIA predice que las relaciones de América con Europa se verán "dramáticamente alteradas" durante los próximos 15 años, e irán disolviéndose las instituciones que son el resultado del periodo posterior a la II Guerra Mundial. La OTAN podría desaparecer y ser sustituida por una organización europea. "La Unión Europea, más que la OTAN, será la principal institución europea, y el papel de los europeos en el mundo será proyectado por esta institución”, añade el informe. "Sobre si la Unión Europea va a desarrollar un ejército todavía es una cuestión abierta", pero añade que “el gasto de defensa de los países individuales europeos, incluyendo Reino Unido, Francia y Alemania, descenderá por debajo de China y otros países durante los próximos 15 años”.
Europa tiene ante sí un gran reto, y el punto de inflexión podría ser la ya anunciada retirada de la mitad de las tropas norteamericana de Europa en 2007, enmarcada en un plan de reorganización de efectivos a nivel mundial. ¿Reaccionará la Unión Europea ante esta eventualidad y potenciará la defensa común tal y como establece su futura constitución?